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La música de Gurdjieff/de Hartmann: Una colaboración infrecuente. 3era y última parte


Dos autores, tres fuerzas
por Javier Giménez Noble

Komitas Vardapet

La otra pregunta que resta por hacernos, desde nuestro propia perspectiva de músicos y compositores, atañe a la más íntima cuestión de la elaboración de la materia musical: cómo es esto de que ‘uno dicta y el otro escribe’? En otras palabras, hasta qué punto la música de Gurdjieff/de Hartmann pertenece más a uno o al otro? Qué significa “pertenecer”, en estas condiciones y en esta situación excepcional de una colaboración en la que el maestro es el amateur y el discípulo es el connaisseur?
Los que han estudiado la producción musical ‘personal’ de Thomas de Hartmann -que es por cierto nutrida y variada, incluyendo óperas, obras sinfónicas y de cámara, amén de numerosos ciclos de canciones- la caracterizan dentro de un lenguaje de moderado vanguardismo, algo así como un neoclacisimo cercano a Hindemith o Bartok, pero desprovista de todo exotismo u orientalismo que podamos sospechar en virtud de su profunda asociación con Gurdjieff. A pesar de que de Hartmann conocía profundamente el folklore eslavo, así como la música armenia -había realizado a instancias de su maestro una extensa investigación de la obra del malogrado compositor Komitas Vardapet- no parece que se hayan deslizado influencias armónicas de este tipo en sus propios trabajos. Todo hace pensar que permaneció fiel, en su inspiración personal, a la formación de la escuela ruso-germánica.
Con respecto a Gurdjieff, sabemos -siempre a través de sus escritos- que de niño tenía buena voz y era requerido para cantar en el coro de la catedral de Kars, y que algunas veces ejecutaba la armónica en su juventud. De Hartmann describe su manera peculiar de tocar la guitarra, con un solo dedo y tremolando pianissimo, como en una mandolina, y sabemos que en París llegó a poseer dos armonios portátiles de fabricación francesa, uno de los cuales regaló a su discípula Olgivanna, casada con el arquitecto estadounidense Frank Lloyd Wright.


En su último viaje a New York, en la memorable navidad de 1948 en el hotel Wellington, alguien le mostró uno de los primitivos grabadores de sonido en carretel de alambre, y lo indujo a grabar algunas frases -lo que nos proporciona un testimonio de inestimable valor histórico al rescatar para la posteridad un ejemplo de su voz. Gurdjieff, que siempre fue un entusiasta y un conocedor de los dispositivos mecánicos de todo tipo, inmediatamente ordenó que le enviaran dos o tres de estos grabadores a su departamento en París. Desde entonces hasta su muerte, el 29 de octubre del año siguiente, grabó una serie de improvisaciones en el pequeño órgano portátil que se acciona con un fuelle para la mano izquierda, mientras la derecha toca en un teclado de un par de octavas. Es así que disponemos de alrededor de 130 cintas, que han sido exitosamente restauradas con la tecnología digital, y significan varias horas de música grabada directamente por Gurdjieff. De estas composiciones ‘espontáneas’ -que ameritan un estudio separado por su valor testimonial y por su sorprendente efecto sobre los más variados públicos- sólo diremos que presentan escasas similaridades con el repertorio que nos ocupa; son típicamente extensas monodias en modo menor, con un fraseo amétrico cercano al canto gregoriano, y un ocasional reposo en un acorde perfecto. El único rasgo común con la música de piano es el frecuente paralelismo de terceras que se intercambian con sextas, rasgo que está presente, por otro lado, en las más variadas y frecuentes músicas de origen popular o folklórico.
Para explicar esta simbiosis notable entre dos autores que producen una tercera música que no se parece a la ‘música personal’ de ninguno de ellos cabe preguntarse si no sería lícito recurrir a una de las ideas básicas de la cosmología de Gurdjieff, a saber, a una de las dos leyes que están en la base de la urdimbre de todas las cosas en el Universo. Nos referimos en este caso a la Ley de Tres, que ha sido presentada de diferentes maneras en la literatura emanada a partir de las ideas de Gurdjieff, y por él mismo en uno de los capítulos básicos de su Belcebú; la formulación más simple de esta ley sería más o menos así: todo fenómeno es el resultado del concurso de tres fuerzas, que se manifiestan en su unión respectivamente como activa, pasiva y neutralizante (o reconciliante). Un ejemplo clásico es el pan: la harina representa la fuerza activa, el agua es la pasiva, y el fuego representa la fuerza neutralizante; sin fuego no obtengo más que una mezcla pegajosa, y si falta el agua o la harina tampoco habrá un resultado. Tal vez Gurdjieff proporcionaba la ‘harina’, de Hartmann el ‘agua’, y el fuego estaba representado por ese Trabajo, impersonal e implacable como un crisol ardiente, al que tantas personas -algunas de ellas, las más notables dentro de la sociedad por sus recursos materiales, intelectuales o artísticos- no han vacilado en arrojarse, desde sus humildes e inadvertidos orígenes, dentro de nuestra época, en Rusia hace casi una centuria.

Gurdjieff, meta-intérprete: mente, cuerpo, emoción
Por último, una reflexión del todo personal, a riesgo de herir quién sabe qué sensibilidades. Un buen intérprete -digamos un excelente violinista- va a salir adelante no importa qué instrumento le depare la suerte, aunque no hay duda de que su performance ganará con la calidad y excelencia del instrumento. Stern o Menuhin son la harina, un Stradivarius es el agua, y la gran tradición de la música occidental, con sus salas de conciertos y su repertorio de obras maestras, sus bibliotecas, sus universidades y su práctica viva que va pasando de generación en generación, enriqueciéndose y añejándose, haciéndose más sabia, más reflexiva y abarcativa representa el fuego. Tal vez un tipo de hombre realizado, un santo, un maestro zen o un rinpoche tibetano constituya algo así como un caso de meta-intérprete, que en lugar de ejecutar su música en un instrumento de madera, metal y tripa lo hace en instrumentos vivos, de carne y hueso, a los que debe -como primera tarea- liberar de suciedades o excrecencias depositadas por el tiempo, limpiar y darles una nueva mano de barniz, y afinar para que suenen con toda su potencialidad.

Piotr Demianovich Ouspensky
Gurdjieff expuso por primera vez sus ideas en Rusia, y en un breve lapso inferior a los tres años transmitió un enorme caudal de ideas psicológicas y cosmológicas que fueron presentadas y elaboradas por el más brillante de sus discípulos de ese momento, Piotr Demianovich Ouspensky. A partir del encuentro con Jeanne de Salzmann en Tiflis en 1919, Gurdjieff profundizó y diversificó la enseñanza de ‘sacred gymnastics’, danzas y movimientos coreográficos que había comenzado un par de años antes en Essentuki, hasta llegar a las demostraciones de 1923 y 1924 -nunca más durante su vida se hicieron muestras públicas de los movimientos. Luego viene el período del que nos hemos ocupado, la música y el libro… No es seductora la idea de un consumado maestro que, recién llegado a una tienda de instrumentos musicales, o al taller de un afamado luthier, prueba uno tras otro los instrumentos disponibles, y en todos encuentra maravillosas resonancias, melodías inauditas, frecuencias más altas y sutiles? Y que por gracia de ese toque, algunos de esos instrumentos cobren vida, y a su vez se vuelvan intérpretes, capaces de afinar y hacer sonar otros instrumentos, quizás más humildemente, con un vuelo mas restringido, pero con la nobleza y el brillo que ese arte requiere?

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Javier Giménez Noble es compositor y docente. Desde principios de la década de los ’70 ha estudiado la música y las ideas de G.I.Gurdjieff, participando en congresos y conferencias de las diversas fundaciones en las principales ciudades de Europa, Estados Unidos y Sudamérica. En noviembre de 2008 presentó, por primera vez en la Argentina, un recital público de las piezas para piano de Gurdjieff/de Hartmann, que contó con la presentación y comentarios de Mario Videla, el asesoramiento del maestro Ben Pierce-Higgins, de la Gurdjieff Society of London, y el auspicio general de la International Association of the Gurdjieff Foundations.-

La música de Gurdjieff/de Hartmann: Una colaboración infrecuente Parte 2


por Javier Giménez Noble


¿Accidente o destino?
En diciembre de 1923, en el Théâtre des Champs-Elysées, los alumnos del Instituto presentaron tres veladas coreográfico-musicales que desconcertaron a la inteligentsia parisina. Ni la prensa ni el público en general pudieron comprender o disfrutar de esas ‘danzas sagradas’ o ‘gimnasia religiosa’, tal como fueron denominados por algunos periodistas esos movimientos de una increíble complejidad y precisión, realizados por un nutrido grupo de hombres y mujeres vestidos con trajes a la usanza oriental, acompañados por una orquesta de cincuenta músicos dirigidos por Thomas de Hartmann. En enero de 1924 Gurdjieff desembarcó en los Estados Unidos con de Hartmann y treinta y cinco de sus alumnos, realizando presentaciones en Nueva York, Chicago, Filadelfia y Boston; asimismo estableció una filial de su Instituto en la gran capital, que con el tiempo se convertiría en la Gurdjieff Foundation of New York, uno de los centros más importantes en la actualidad para la transmisión de este trabajo. Muchos norteamericanos asistieron a las conferencias, charlas y demostraciones de movimientos, comprometiendo su asistencia para el sostén financiero del Prieuré. La transmisión de la enseñanza parecía estar asegurada.

Gurdjieff permaneció en los Estados Unidos hasta comienzos de junio de ese año. Apenas un mes después, el 8 de julio de 1924, cuando manejaba solo de regreso a Fontainebleau, “…el pesado Citröen que iba a 90 kilómetros por hora embistió violentamente y se estrelló a toda velocidad contra un árbol enorme” [James Moore, Gurdjieff, anatomía de un mito, Editorial Estaciones, Bs.As.1996]. Después de varios días en coma y semanas de recuperación, la salud de Gurdjieff seguía seriamente resentida, lo que lo obligó a limitar sus actividades. Decidió entonces abandonar la dirección del Instituto y dedicar todas sus energías a la transmisión por escrito de sus ideas.

Música, ideas y sufrimiento
Thomas de Hartmann
Uno de los libros más profundos y enigmáticos escritos en el siglo XX, y a la vez delicioso, pleno de humor, compasión y sentido común: algo así podría decirse de Relatos de Belcebú a su Nieto: Una Crítica Objetiva e Imparcial de la Vida del Hombre (Todo y Todas las cosas: Primera Serie), el libro que durante más de dos décadas circuló mecanografiado entre un grupo reducido de estudiantes, que se leyó en incontables veladas antes o después de la cena, a menudo con el autor presente, escrutando en silencio los semblantes de los oyentes, y que recién fue publicado luego de su muerte. Como su vista había quedado afectada después del accidente automovilístico, una noche de diciembre del ‘24, insomne, Gurdjieff comenzó a dictar en ruso a su secretaria Olga Arkadievna, la esposa de Thomas de Hartmann; “…en la primera versión desde el principio hasta la última página -que fue escrita sobre una pequeña mesa redonda de mármol en el Café de la Paix de París- trabajó sólo conmigo.” [op.cit.]
Curiosa simetría: un hombre en muchos sentidos excepcional, ya maduro y enfermo, que ha vivido el equivalente a las vidas de docenas de otros hombres, pero no es por cierto ni compositor ni escritor profesional, de día dicta a Olga capítulo tras capítulo de un libro de magnitudes cósmicas, abtruso e inabordable; y por las noches dicta a su marido Thomas una, dos y hasta tres de sus pequeñas piezas para piano, aparentemente sencillas, agradables al oído, engañosamente simples y de una elusiva cualidad que evoca un sentimiento desconocido en el que escucha: una especie de nostalgia por algo que no se sabe qué es.
¿De dónde ha surgido la energía para cumplir este proyecto colosal? La versión en inglés -idioma breve y lacónico por antonomasia- del Belcebú consta de 1.135 hojas; la grabación completa de la música para piano [Wergo Records] ronda las doce horas. Por otro lado, cabe señalar que, a pesar de sus achaques, Gurdjieff seguía trabajando denodadamente para mantener a flote el Instituto, participando en todo tipo de transacciones comerciales ligadas a la compra y venta de antigüedades, carpetas y porcelas de oriente, así como varios emprendimientos gastronómicos, para mantener a su numerosa familia -que había venido escapando del genocidio armenio de 1915- y a toda una cantidad de alumnos, amigos y conocidos rusos exiliados que no tenían posibilidades de valerse por sí mismos en París. 
Él mismo da una indicación al respecto en la tercera serie de sus escritos, ‘Life is real only then, when “I am” [Triangle Editions, Inc.1975], cuando menciona el sufrimiento e impotencia que surgían en él ante la dolencia terminal de su madre y de su esposa -los dos seres más cercanos a su corazón- ambas enfermas de cáncer, y cómo ese sufrimiento se transmutaba, gracias a una secreta alquimia que había de algún modo incorporado a lo largo de sus largas investigaciones sobre el funcionamiento de la psiquis humana, en una energía que le permitía mantener esos super-esfuerzos a lo largo del tiempo. En efecto, este período de algo más de dos años que estamos considerando está pautado por el accidente (julio del ‘24), la muerte de su madre (julio del ’25) y la muerte de Julia Ostrowska, su esposa (junio del ’26). La última pieza compuesta por Gurdjieff y de Hartmann está fechada el primero de mayo de 1927. Los de Hartmann dejarán el Prieuré definitivamente en 1929; “…Después de eso no lo volví a ver, pero él siguió siempre siendo mi Maestro.” [op.cit.]

La música de Gurdjieff/de Hartmann: Una colaboración infrecuente


Parte 1
Javier Giménez Noble

En la localidad de Fontainebleau -no lejos de la capital francesa, y rodeado de un añoso parque- se encuentra el Château du Prieuré, antigua casa conventual de los benedictinos, en una época residencia de la viuda del abogado de Dreyfus, y a partir de 1922 la sede del Instituto para el Desarrollo Armónico del Hombre. En el salón principal, o en el Study House -una original construcción realizada con rezagos de aviación de la primera guerra- generalmente por la noche y después de una larga jornada de trabajo, dos hombres, rodeados de otros hombres y mujeres silenciosos, se inclinaban sobre un piano de cola. Uno de ellos silbaba o tarareaba una línea melódica, de rasgos peculiares y cambiantes, mientras marcaba un ritmo sobre la tapa del teclado y daba indicaciones en ruso a una velocidad vertiginosa; el otro escribía en lápiz y tinta sobre papel pentagramado, poniendo en juego toda su capacidad de percepción auditiva para captar los matices más sutiles de una construcción musical desusada. De manera paulatina se iban dibujando los contornos melódicos y rítmicos de una nueva pieza para piano con las características de una danza o canción oriental, un himno o una plegaria, que el pianista debía interpretar de inmediato -sin tiempo para correcciones o elaboraciones- para todo el grupo.
El breve período que va de julio de 1925 a mayo de 1927 vio surgir así uno de los repertorios más singulares de la literatura pianística del siglo XX, que luego de varias publicaciones parciales llegó a su cristalización definitiva en la edición crítica publicada por B.Schott (Mainz) entre 1996 y 2005: cerca de doscientas piezas en cuatro volúmenes, titulados: (I) Asian Songs and Rhythms; (II) Music of the Sayyids and the Dervishes; (III) Hymns, Prayers and Rituals y (IV) Hymns from a Great Temple and Other Selected Works. 


Discípulo y Maestro
Thomas de Hartmann (1885-1956) ya era un compositor distinguido cuando conoció a Gurdjieff: diplomado a los dieciocho años en el Conservatorio de San Petersburgo, había estudiado posteriormente dirección orquestal en Munich con Felix Mottl, alumno de Wagner. Gozaba de una buena posición económica, del reconocimiento público y de un feliz matrimonio; sin embargo, no se hallaba satisfecho. Como él mismo lo expresó en su libro Nuestra vida con el señor Gurdjieff [Hachette, Buenos Aires 1970]: …”para ser capaz de progresar en mi trabajo creativo algo era necesario, algo más grande, o más alto, a lo cual no podía dar un nombre. Sólo si pudiera poseer este ‘algo’ sería capaz de progresar más aún y esperar derivar alguna satisfacción real de mi propia creación, y no sentirme avergonzado de mí mismo.” Ese ‘algo’ que buscaba el joven compositor ucraniano pareció corporizarse a fines de 1916 en un dudoso café de la Perspectiva Nevsky, en San Petersburgo, cuando fue presentado a un hombre de abrigo y sombrero caucasianos, con bigote negro y unos ojos “…de excepcional profundidad y penetración.” [op.cit]
En lo que se refiere a los orígenes y juventud de Georges Ivanovitch Gurdjieff los biógrafos no han logrado ponerse de acuerdo, ni dispersar completamente el halo de misterio que los circunda; ni siquiera se han establecido definitivamente el año de su nacimiento ni la grafía original de su apellido. De acuerdo al testimonio del propio autor en su segunda serie de escritos, Meetings with remarkable men [Dutton, New York 1969] la familia de su padre era griega, proveniente de Bizancio, su madre armenia, y Alexandropol y Kars los pueblos donde viviera su infancia. Desde muy joven sintió una profunda curiosidad por los fenómenos inexplicables que presenciaba, y ese interés lo llevó a indagar en las literaturas tradicionales, las distintas religiones, liturgias, antiguos monumentos y reliquias considerados sagrados, así como en el ocultismo, la hipnosis y el espiritismo de su época. Lejos de satisfacer sus inquietudes, todas esas búsquedas resultaron infructuosas, lo que lo llevó a iniciar una serie de viajes a lugares cada vez más remotos e inaccesibles, siguiendo misteriosas pistas que iban apareciendo como por algún designio oculto. Solo o en compañía de un grupo de camaradas denominado Los Buscadores de la Verdad visitó santuarios, monasterios y recónditas ermitas de diversas denominaciones religiosas: esenios, sufíes, budistas, derviches y gnósticos.
Eventualmente llegó a tomar contacto con cierta antigua escuela esotérica en la cual encontró un conocimiento desconocido hasta la fecha en Occidente. Completada esa etapa de preparación, fijó su residencia en Rusia, donde sus ideas comenzaron a interesar a los intelectuales y artistas de Moscú y San Petersburgo. Cuando las condiciones de vida se deterioraron a causa de la gran guerra y la revolución bolchevique, emigró hacia Europa donde -después de años de penurias y dificultades- finalmente pudo fundar su Instituto.




Javier Giménez Noble es compositor y docente. Desde principios de la década de los ’70 ha estudiado la música y las ideas de G.I.Gurdjieff, participando en congresos y conferencias de las diversas fundaciones en las principales ciudades de Europa, Estados Unidos y Sudamérica. En noviembre de 2008 presentó, por primera vez en la Argentina, un recital público de las piezas para piano de Gurdjieff/de Hartmann, que contó con la presentación y comentarios de Mario Videla, el asesoramiento del maestro Ben Pierce-Higgins, de la Gurdjieff Society of London, y el auspicio general de la International Association of the Gurdjieff Foundations